En la cultura moderna del tatuaje, los dibujos en partes visibles del cuerpo, como las manos o el cuello, a menudo se denominan «job stoppers» (impedimentos para el trabajo). Sin embargo, para Archie Pattullo, de 26 años, su llamativo tatuaje en la mano no solo se convirtió en una barrera para el empleo, sino en una prueba irrefutable que lo llevó directamente al banquillo de los acusados. Esta historia, ocurrida en la pequeña ciudad británica de Tunbridge Wells, demuestra claramente cómo la autoexpresión individual a través de la tinta se transforma en una «huella digital» imborrable a los ojos de las fuerzas del orden, haciendo inútiles cualquier intento de ocultar el rostro tras una máscara.